¿Y qué haría el PP con Trump?
Hace tiempo que Pedro Sánchez convirtió la política internacional en un escenario para su supervivencia política. Ante los ojos del mundo, se presenta como faro de los valores de Occidente y último bastión ante el avance de la ultraderecha. Sánchez, a diferencia de Trump, acompaña sus pulsiones populistas -colonización de las instituciones, demonización del adversario, hostilidad hacia el poder judicial y los medios críticos- con una retórica liberal clásica. Y así ha logrado erigirse como némesis de la internacional reaccionaria.
Su brillo bajo el foco internacional contrasta con su sombrío historial doméstico. Fuera de España el relato ha prendido (Print the legend!), y no seré yo quien arruine la ilusión de algunos corresponsales extranjeros recordándoles que quienes acompañaban a Sánchez en el Peugeot no eran precisamente Adenauer, Palme y Brandt. Pero en España cuesta colocar la mercancía: a estas alturas, pocos se creen que el presidente anteponga sus principios a sus intereses. Su aparente vigor exterior es símbolo de su debilidad interior.
Pero la debilidad de Sánchez no se convierte automáticamente en la fortaleza de la oposición. Respecto a Trump, el Partido Popular carece de una doctrina reconocible. Conocemos su tradición atlantista y su convicción proeuropea, pero falta una respuesta clara a la pregunta decisiva: ¿cómo debe España relacionarse con un Estados Unidos presidido por Donald Trump?
La cuestión importa porque el debate suele tergiversarse. Es probable que Sánchez se haya alejado de ciertas posiciones tradicionales de España, por ejemplo en relación con Venezuela, Marruecos o China. Pero no es menos cierto que Trump se ha alejado de la trayectoria tradicional de los propios Estados Unidos. No soy ingenuo: EEUU siempre tuvo un aire imperial y, dentro de la Alianza Atlántica, los demás aceptábamos una posición subordinada. Pero en los últimos años esa dependencia ha mutado en sometimiento. La América de Trump es más violenta, más errática, más coercitiva. Ha abandonado la diplomacia y se ha entregado a la amenaza y el chantaje, incluso a sus propios socios.
Y ante esta ruptura, ¿dónde está el PP? Sus líderes hablan como si Estados Unidos fuera lo que siempre ha sido y Sánchez fuera el único que se ha salido del guion. Pero esto no es así. El PP no puede comportarse como si hubiera un líder convencional en la Casa Blanca. El nuevo EEUU obliga a los partidos europeos de centro derecha a definirse; no basta con señalar a Pedro Sánchez y gesticular con solemnidad.
Si el PP llega al poder, lo previsible es que Feijóo se presente ante el mundo como la antítesis de Sánchez: más institucional, menos teatral, más previsible. Su instinto será recomponer la relación con Washington, reforzar la interlocución con Bruselas y devolver a España la imagen de aliado serio. Ahora bien, ¿qué hará ante las bravuconadas de Trump? Intuyo que los españoles no queremos una relación de confrontación con Estados Unidos -y menos si responde a un cálculo personal- pero tampoco una relación de sumisión.
Un centro derecha serio no puede convertirse en un mero altavoz del trumpismo. Ni puede creerse que defender los valores occidentales consiste en aplaudir los caprichos de la Casa Blanca. España tiene intereses propios. Europa tiene intereses propios. Y la derecha democrática tiene principios propios, o debería tenerlos.


