¿Y qué cojones le importa a un tío el feminismo? | Noticias de Madrid
¿Y qué cojones le tiene que importar a un tío el feminismo? Hay muchos chavales que piensan así, algunos incluso han ido a tocar las narices en las manifestaciones del 8M, porque la ultraderecha les ha echado el lazo y la izquierda y el feminismo tampoco es que les hayan puesto la alfombra roja.
Entonces, ¿por qué debería de apelarnos el feminismo a los señores? La primera razón es que la igualdad entre hombres y mujeres es una cuestión de justicia. Es razón suficiente, pero como vivimos en tiempos en los que se busca la máxima rentabilidad, hay otras formas de verlo que pueden tener un interés directo para el género masculino: es importante que los señores entendamos nuestro privilegio y la trayectoria de abuso de nuestro género, que se hace patente con nuevos horrores cada día; pero también que vislumbremos un futuro luminoso por la senda igualitaria.
Personalmente lo veo claro: la mayor desgracia que he sufrido en la vida ha sido tener un padre alcohólico y ausente, que en paz descansa: fue víctima de la cultura patriarcal al mismo tiempo que un perfecto practicante de la misma. La crianza, por cierto, es una responsabilidad primordial que el reparto de roles sexista ha hurtado tradicionalmente a los padres.
No hace mucho volvió a circular un video de El Fary, muy aplaudido por el ultraconservadurismo digital, en el que el cantante y taxista tachaba de hombres blandengues —la blandura como mal a erradicar del universo masculino— a aquellos que iban al super y cuidaban a la prole. Más allá del bunker esto ya se ve como una postura carpetovetónica, pero El Fary debería haber sido informado de la extrema dureza de las tareas de cuidado, mucho más agrestes que las de la barra del bar.

En tiempos de guerra se hace evidente el perjuicio universal del sexismo: los hombres son más belicosos no por el hecho de ser hombres, según explica la antropóloga Sarah Blaffer Hrdy (El padre en escena, publicado por Capitán Swing), sino por no haber practicado la crianza. Se llama efecto Whiting. Quizás si le hubiesen dado criaturas a cuidar a Trump, Putin o Netanyahu ahora en el mundo habría menos misiles, explosiones y gente agonizando bajo las ruinas de su propia casa.
“El feminismo es para todo el mundo”, escribió la teórica bell hooks en un libro del mismo título (publicado por Traficantes de Sueños) en el que, además, denuncia que “mucha gente cree que el feminismo consiste única y exclusivamente en mujeres que quieren ser iguales que los hombres, y la gran mayoría de esta gente cree que el feminismo es antihombres”. Es una idea que le gusta ahora difundir a la ultraderecha y que está cundiendo entre los más jóvenes.
hooks pensaba, más bien, que la idea era acabar con un sexismo y una opresión que también era reproducida por muchas mujeres (véase las que militan en las filas de la ultraderecha o el movimiento tradwife), que afectaba especialmente a mujeres pobres y/o racializadas (muchas veces olvidadas en el relato liberador), y que también afectaba a los hombres (en mucha menor medida, claro) forzándoles a una masculinidad rígida, obligándoles a competir, reprimiendo sus emociones, todo eso que ya sabemos.

Me parece interesante ver el feminismo bajo esta luz, sobre todo para esos hombres que piensan que la cosa no va con ellos: como una forma de universalizar ciertos valores que han sido tradicionalmente asociados a la feminidad (la cooperación, el consenso, el cuidado), de hacerlos transversales frente a los valores hegemónicos masculinos (la competición, la dureza, el ímpetu, tan fundamentales en el capitalismo salvaje). Una idea en la línea de la ética de los cuidados de Carol Gilligan, que busca un equilibrio entre la ética de la justicia tradicional y una basada en la responsabilidad con los demás. De este modo, por cierto, se me hace difícil imaginar un feminismo “de derechas”: no en vano, para el lingüista George Lakoff la moral de la derecha es la del “Padre Autoritario”.
Así que bro, ponte morado: es mejor inversión que las cripto.

