Y ‘los pocholos’, pocholeando | Noticias de Madrid

Intento leer el ¡Hola! con distancia irónica e interés antropológico. O eso es lo que le digo a la gente para hacerme el guay. Siempre que voy a casa de mi abuela, leo con fruición los números atrasados. Lo mejor del ¡Hola! es que en menos de 100 páginas te explica un país. Al menos una parte muy concreta del país. Parece una galería de celebutantes granujientos, apellidos compuestos y caras hinchaditas de rica descansada. Pero si rascas un poco, puedes ver la tramoya argumental, el tinglado ideológico que sustenta todo este decorado.
Mi sección favorita es la de las casas que hay justo al principio. En ella, un rico anónimo enseña su mansión y cuenta su vida. Las casas suelen ser feas (la taxidermia y el mueble castellano son tendencias atemporales), sus moradores, anodinos; pero el conjunto es extrañamente hipnótico. Quizá porque los protagonistas tienen el storytelling menos trabajado que los famosos y la impostura es más evidente. Intentan justificar sus privilegios a la vez que presumen de ellos, que es algo así como sorber y soplar a la vez. En tu cara. Te enseñan su castillo heredado (los castillos siempre se heredan) mientras comentan que lo más importante que les han transmitido sus padres son unos férreos valores morales. Posan frente a la pista de squash mientras hablan de la importancia del trabajo duro. Son gestores de patrimonio, restauradores de muebles o artistas de talento difuso, pero se dedican a lanzar loas a la cultura del esfuerzo. Gente para quienes el domingo por la tarde o el final de mes son meras coordenadas temporales, no emocionales. Pero que encima se permiten dar consejos con el aplomo de un coach de Linkedin. Lo peor que tienen los ricos no es tanto la ostentación, sino cuando te quieren convencer de que se merecen todo su dinero mucho más que tú.
Intento leer EL PAÍS con distancia irónica e interés antropológico, que es la única forma que tengo de asomarme a la actualidad sin que me dé un ataque de ansiedad, la verdad. Y fue así como leí la alucinante historia de los Pocholos, que ha contado estupendamente mi compañera Elisa Silió. No me sorprenden las luchas intestinas por el poder, ni el hecho de que un iluminado con hechuras de líder sectario dirija desde la sombra la política educativa de la Comunidad de Madrid. Lo que me impacta es que personajes cuyo mayor logro laboral sea tocar el trombón, el sacabuche o saber controlar los graves de un micrófono acaben enchufados en el Gobierno regional sin el menor rubor. Que esta gente esté debatiendo sobre leyes y políticas sin más currículum que su fanatismo. Como resumía una usuaria de Bluesky: Tú con síndrome del impostor, y los Pocholos, pocholeando.
Se habla mucho del síndrome del impostor y no tanto del síndrome del flipado, que es la verdadera pandemia de este país. El mundo está lleno de enteradillos, de gente que dice, agárrame el cubata que yo te lo arreglo. Agárrame el trombón que yo te gestiono las universidades públicas de la Comunidad de Madrid. Gente que tira el micrófono (no solo en sentido dramático, sino literal) y se pone a recortar las leyes de protección al colectivo LGTBI porque no están bien hechas. Gente con el currículo corto y las ambiciones largas, que lleva pocholeando toda la vida y encima va dando lecciones. Hablan de vivir a la madrileña, que viene a ser matarse a trabajar y al salir, irte a tomar unas cañitas para calmar tu ansiedad y ahogar esa sensación de que la vida debería ser algo más. Y mientras, ellos viven la vida cañón. Lo peor que tienen los enchufados no es tanto su incapacidad, sino cuando te quieren convencer de que se merecen ese puesto más que nadie.
Algunos podrían pensar que digo esto desde la envidia. Y tendrían razón. Yo sería un heredero estupendo, el mejor de los enchufados. Disfrutaría de mis millones con juicioso solaz o intentaría aplicarme en el trabajo para acallar a los envidiosos. Sería un pocholo aplicado. Pero también sabría reconocer mi suerte, agradecer mis privilegios públicamente en lugar de intentar taparlos. Es esto lo que me más me molesta, la verdad. Esta necesidad de vender una historia de trabajo y superación donde no hay más que enchufe. Es un relato estructural, el capitalismo se ha construido en torno al mito de la empresa que nace en un pequeño garaje. Al político que, sin más mérito que haber medrado en el organigrama, explica a los trabajadores la cultura del esfuerzo.
Hay una especie de obsesión colectiva con la historia del rico hecho a sí mismo. De la heredera que empezó doblando camisetas antes de dirigir un emporio; doblando billetes de 500 euros antes de heredar el banco o títulos nobiliarios antes de convertirse en duquesa. Tienen fortuna, tienen éxito y la vida resulta; pero también quieren tener admiración social. Y mira, igual eso es pasarse de ambicioso. Porque el mérito, a diferencia del dinero, no se hereda. No puedes exigir un valor moral subrogado por lo que hicieron tus ancestros, ni justificar un puestazo que te viene grande con frasecitas de liberalismo cuqui, a medio camino entre Mr. Wonderful y Wall Street Wolverine. Tápate un poco, por Dios. Lo explicaba con más ciencia y menos indignación en su último libro el antropólogo Robert Sapolsky: “La meritocracia no es más que una forma de justificar el sistema. Son las personas con poder las que tienen motivos para amar y perpetuar esta idea”. Estoy convencido de que Sapolsky también lee el ¡Hola!.

