Una venganza de bandas juveniles que tuvo ensayo general y un conductor ‘contratado’ para el crimen | Noticias de Madrid
Un coche se detiene frente a la discoteca Shoko, en el centro de Madrid. De él, salen dos hombres que disparan a un grupo de clientes del local y vuelven al vehículo a toda prisa. Es el 11 de septiembre de 2022. Toda la escena queda grabada por las imágenes de seguridad del establecimiento. Los autores del tiroteo son, presuntamente, miembros de los Trinitarios, una banda juvenil violenta. En esa agresión, sitúa la policía el detonante de una ejecución que se perpetró un mes después en otra discoteca, en Fuenlabrada. La de Saile Huraldo Mesa, un joven de 21 años y padre de tres hijos que ni siquiera estaba en la discoteca Shoko la noche del primer tiroteo. Fue él quien pagó la venganza.
Los autores materiales del asesinato de Saile ya fueron juzgados y condenados. Son dos menores pertenecientes a los Dominican Don’t Play (DDP), la banda rival de los Trinitarios. Pero lo más difícil de este caso no era conseguir pruebas para detener a los sicarios, sino a las mentes pensantes. Este mes de marzo se juzga en la Audiencia Provincial de Madrid a los que la policía y la fiscalía considera los autores intelectuales del asesinato, sus jefes en la banda. En el banquillo también está otro miembro de la organización y una persona ajena a la organización que condujo la furgoneta que transportó a los menores homicidas. Según el relato acusador, los procesados ensayaron el crimen horas antes de cometerlo.

Son Joaquín D., al que la investigación sitúa como uno de los jefes de la banda, Kevin H., Benji D. M. y Lucien I. Este último es el hombre contratado como conductor. Para los dos primeros, la Fiscalía y la acusación particular, representada por José María Andrés Cervera, solicitan la prisión permanente revisable; para Benji, cinco años por pertenencia a la banda y para el conductor, 21 años como cooperador del homicidio. Las defensas, ejercidas por Armando Torres, Pablo Corral, Lucas González y Cristina González, piden la absolución para sus clientes al asegurar que no existen pruebas suficientes.
La presencia de Lucien, que nada tiene que ver con los DDP, es clave. Esta investigación fue un hito en la lucha contra la violencia de bandas, porque se trató de la primera vez que los Dominican Don’t Play involucraron a una persona ajena a la organización para perpetrar el crimen. De hecho, fue a partir de su identificación como conductor, que él no niega, cuando los investigadores dieron un paso de gigante a la hora de detener al resto de acusados. Su tráfico de llamadas con unos y otros los situaron en el punto de mira del caso.
Los agentes sostienen que los ideadores de este plan buscaron a un drogodependiente para que les ayudara en la logística del crimen y emborronar, aún más, la trazabilidad hasta los inductores. Tanto la furgoneta como la matrícula constaban como robadas. Ese hombre está acusado como cooperador necesario, aunque su defensa asegura que no tenía ni idea de qué iban a hacer esos chavales vestidos de negro y cubiertos con pasamontañas a los que transportaba.
Joaquín D., el señalado como jefe del coro de Campamento, fue el objetivo de los disparos en la primera discoteca y el que ordenó, supuestamente, la venganza contra los Trinitarios. Coro es la denominación de los grupos en los que se dividen las bandas por diferentes zonas. El del barrio de Campamento era, en ese momento, uno de los más activos y dañinos. “Las vueltas es como ellos denominan a las venganzas, que veces son inmediatas, a veces llevan más tiempo, incluso años”, señala el investigador de la Brigada Provincial de Información que dirigió este caso.
La fecha, en esta ocasión, era el siguiente concierto de Rochy un cantante urbano marcado como uno de los favoritos de los miembros de bandas. Todas sus actuaciones en España cuentan con un dispositivo policial. Aquella noche en Fuenlabrada lo había, pero se levantó cuando ya casi se había ido todo el mundo a casa, faltaba poco para el amanecer, y la velada parecía que había acabado sin sobresaltos. Los autores se cercioraron de que los agentes se habían marchado.
¿Era Saile el objetivo aquella noche de octubre de 2022? Los investigadores creen que era cualquiera que hubiese asistido a ese concierto. La víctima era especialmente alta y esa noche había pasado gran parte del show en el escenario, eso hizo pensar que se convirtió en una presa fácil. La familia de Saile nunca sabrá si detrás hay algo más. El chico ni siquiera tenía previsto acudir aquella noche a ese concierto y se acabó uniendo a última hora. Saile no vivía en España, había venido para hacer unos trámites burocráticos antes de mudarse a Estados Unidos para jugar a béisbol en un equipo de Nueva York.
Si se constata en una sentencia el relato policial, los mayores pusieron ese día la pistola en manos de dos menores y los adolescentes coronaron, como se dice en el argot pandillero. Se ganaron los galones al acabar con la vida de un rival. Como premio o como mofa hacia la víctima aparecieron después en el videoclip de otro miembro identificado por la policía como miembro de los DDP. La canción se titulaba Oops… se murió.
En esta primera semana de juicio los menores condenados comparecieron como testigos y, con una actitud absolutamente chulesca, admitieron ser miembros de la banda, pero iban por libre y sin obedecer a nadie. También es algo insólito que un pandillero reconozca abiertamente pertenecer a la banda.
-Ese día me dio la loquera y fui a aguarles la fiesta.
-¿Y disparó en la cabeza?
-Podía ser en la cabeza como en cualquier lado, con la adrenalina no piensas bien.
El chico hablaba como si estuviera contando algo sin importancia y no la ejecución de un hombre a sangre fría. Los autores materiales aseguraron conocer a los mayores de edad solo del barrio. En el código de los pandilleros, los menores tienen que asumir toda la culpa y nunca delatar a sus mayores. El policía instructor de esta causa desdeña la idea de que pudieran actuar por su cuenta: “En una banda jerarquizada como los DDP, los mayores tienen que conocer un acto así y dar la autorización”.

La Fiscalía y la acusación particular deberán encontrar el modo de convencer al jurado de que los niños empuñaron la pistola, pero la decisión la tomaron los que este mes se sientan frente a ellos. No existen pruebas directas de que alguno de ellos acudiera esa madrugada a Fuenlabrada ni quedan restos de la orden directa de atacar a la salida del concierto, pero los 15 tomos de una investigación que duró siete meses y en la que participaron 150 policías apuntan hacia ellos. En un mensaje de Joaquín D. encontrado en su teléfono se ve cómo pide información para cobrar una pistola del calibre 38, el mismo que el del arma usada en el crimen de Fuenlabrada.
Las antenas de telefonía sitúan a dos de ellos en la zona en las horas previas al crimen. “Fue un ensayo”, asegura Andrés Cervera, abogado de la acusación. Además, el registro de llamadas de Lucien, el conductor de la furgoneta, es frenético con ellos en las horas posteriores al homicidio. En el móvil de Kevin H., uno de los acusados, se encontraron restos de un vídeo borrado en el que los policías creen que estaba señalando el lugar en el que escondieron el arma 12 horas después de la agresión mortal, enterrada en la Casa de Campo. Nunca se pudo recuperar.

