Mucho que celebrar… porque hay mucho en riesgo


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Claro que la democracia no naci con la muerte de Franco, pero el franquismo s que empez a morir ese da, aunque algunos no se dieron cuenta hasta mucho despus. Cuando ests muerto no sabes que lo ests y lo sufren otros. Ocurre lo mismo con la estupidez. Luego podemos discutir si nos volvimos demcratas en 1976, con el harakiri de las Cortes franquistas, o si en las elecciones de 1977, o en 1978 con la Constitucin. La frontera real la marc el referndum de la Ley de Reforma Poltica, el 15 de diciembre de 1976. La democracia tiene dos condiciones de posibilidad: la libertad poltica y de voto y la libertad de expresin, o sea la libertad de ser. Y ambas se consagraron entonces y se maceraron y apuntalaron despus.

El gran xito de la Transicin radica en que no fue slo una transaccin -de la ley a la ley: cambiar las caeras sin cortar el grifo-, sino tambin una traslacin -de abajo arriba- de la lucha de los movimientos antifranquistas, con el pegamento de la reconciliacin. Sin la tabla rasa de la amnista y sin la legalizacin del PCE, el armisticio histrico de los espaoles no habra sido real. Ni justo, ni duradero.

La conversin de las dos Espaas machadianas en una fue posible porque todos claudicaron para maximizar el resultado. Por encima de esencialismos ideolgicos y de cuitas pendientes. se fue el gran xito: ceder para avanzar. Esa hazaa heroica se visualiza muy bien en la Mesa de Edad de la primera sesin de las Cortes, tras las elecciones del 77: la preside La Pasionaria y a su lado estn sentados Alberti, Fraga o Lpez Rod. Si hoy la concordia parece difcil o casi imposible, imagnense entonces, cuando estaban vivos muchos de los protagonistas de la guerra que perdimos todos.

Claro que hay cosas que celebrar, a bocajarro del cincuentenario. Sobre todo, tenemos que celebrar muchsimo las cosas que ahora estn en juego, como la concordia institucional que forjaron entre otros Alfonso Guerra, Fernando Abril Martorell, Surez, Carrillo, Prez Llorca, Fraga, Mgica o Arias Salgado, entre otros. O Juan Carlos I, ahora tan echado a perder y tan ajeno a la altura de Estado que envolvi su papel crucial.

Lo que est en juego es la continuidad un pilar de carga de nuestra convivencia. Ensalcmoslo mucho, porque sin unos resortes institucionales robustos, nuestra democracia sera dbil, dctil, en exceso flexible. Incierta. Se podran pervertir aspectos estructurales de su esencia. se es el riesgo que tiene erosionar las instituciones, cuando lo recomendable es hacer justo lo contrario: blindar su independencia y potenciar los contrapesos. De manera que deberamos ir ms lejos, pero, lamentablemente, estamos retrocediendo.

Comparto la vocacin de festejar a todo trapo cinco dcadas de libertad, pero echo de menos ms respeto a la independencia judicial, desde el Constitucional a la Fiscala, pasando por el CGPJ. Echo de menos la despolitizacin de los rganos constitucionales, los grandes pactos bipartidistas, la lealtad entre las dos cmaras, la colaboracin sincera entre autonomas y Administracin Central. Echo de menos que las instituciones sean un espacio sagrado del ciudadano, no el arma arrojadiza de quienes las pilotan.

Las instituciones siempre estn por encima de las personas. Siempre. Defenderlas ahora es ms importante que nunca en estos 50 aos, porque nos las estn manoseado ms que nunca y porque sobre ellas pende la amenaza del extremismo xenfobo que depreda Europa. Y que slo busca aniquilar el ideal comunitario de la nobleza de espritu.

Hay una imagen poco recordada de la Transicin que condensa muy bien el hecho diferencial de aquellos aos y que nos debera iluminar ahora. Me refiero a la primera reunin entre Surez y Josep Tarradellas en La Moncloa, en 1977. Se cayeron fatal. No se entendieron. Es ms, se molestaron el uno al otro -pelen, cabezota, usted no es nadie!-. Pero, a la salida, el molt honorable Tarradellas le dijo a la prensa que haba sido un encuentro muy cordial y muy agradable. Fernando nega, rpido de reflejos, corri a contrselo al presidente del Gobierno, que en ese momento entendi que no habra problemas para llegar a un acuerdo slido con l. Cuatro meses despus, con la Generalitat restituida, Tarradellas se asomaba al balcn del Palau de Sant Jaume para decirles a los ciudadanos de Catalua ja sc aqu.

Es eso, es eso! Y lo contrario slo conduce al caos, a largo plazo. Porque el riesgo de usar las instituciones contra el rival es que luego al rival le tocar gobernar tambin…





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