Mejor ser animal que (animal) humano: contra el odio al ‘therian’ | Noticias de Madrid


Quién no ha querido alguna vez surcar el cielo como un águila, nadar veloz como un delfín o, en fin, ser menos consciente de uno mismo y de la certeza de la propia muerte como lo son los otros animales.

Los therians (¡están de moda!) son una subcultura de seres humanos, sobre todo jóvenes, que sienten una identificación especial con un animal no humano. Los hay que conectan con los gatos, otros con los osos, otros con los zorritos. No es tan novedoso: algunas tradiciones espirituales adjudican a las personas un animal tótem o animal de poder que hace de guía o emblema sagrado. De toda la vida tengo una buena amiga que siente una especial afinidad con los caballos (y otra que, por cierto, dice ser meiga). Si yo fuera therian elegiría el mapache: qué bicho tan raro. Comparto sus ojeras.

En los últimos días se ha levantado una inopinada polvareda en torno a esta corriente minoritaria, porque algunos de sus miembros decidieron reunirse en algunas plazas. En la Puerta del Sol de Madrid, en el Arc de Triompf de Barcelona, por ejemplo, en muchos sitios más. La repercusión de estos eventos minúsculos se ha ido de madre en redes sociales.

Sorprende la inquina de los mensajes. Que unos chavales afirmen sentirse como un gatito y se pongan caretas con bigotes felinos ha generado varios géneros de reacciones desmesuradas: los que dicen que tiene que volver el servicio militar obligatorio, los que proponen vehementemente la castración, los que piden que llegue ya el meteorito que destruya a esta humanidad degenerada, los conspiranoicos que ven una tapadera para el caso Epstein, los que se quejan de que no salgan a protestar por las carencias sociales (mientras, ojo, ellos mismos pierden el tiempo comentando estas chorradas).

Otros rezuman notable odio: hay quien llama a “cazar therians”, propone “una buena hostia a tiempo” o comenta que “vaya palazo les metía”. O quien quiere enviarlos a todos a Corea del Norte. A este paso Corea del Norte se va a convertir en un sitio realmente interesante, porque prometemos mandar allí a todos los heterodoxos, y España se quedará como un sitio gris donde todo el mundo cene el viernes en La Tagliatella. “La imbecilidad no tiene límites”, se jacta otro librepensador. No quiero imaginar el escándalo si estos comentaristas conociesen otras ramas del movimiento otherkin: gente que se identifica con seres alienígenas llenos de tentáculos lovecraftianos que moran en otra dimensión (o algo así) y otras criaturas mitológicas.

Personalmente acojo el movimiento therian con leve interés antropológico. Celebro que haya gente variopinta en el mundo y celebro que existan subculturas juveniles. En su día ser gótico o punk también era un escándalo, ahora hasta en la corrientes de la moda mainstream se integran elementos subculturales de aquí y de allá en aras de rentabilidad. Lo que me apena es la forma en la que la gente se siente agredida por lo que no comparte o comprende.

Ocurre con otros asuntos, como el veganismo o el antinatalismo: hay quien se siente amenazado por gente que elige otras opciones vitales (porque secretamente, detecta ahí una superioridad moral). Yo no soy vegano, pero admiro a los veganos, y creo que todos deberíamos serlo. Soy un vegano frustrado, débil ante mis bajas pasiones cárnicas, además de un antinatalista torpe: creo firmemente que la humanidad debería dejar de reproducirse y de ser esta vergüenza en el impoluto historial del cosmos. Pero tengo una hija. También soy un abstemio inútil, porque no consigo abandonar del todo la cerveza. No me siento amenazado por los veganos, ni por los antinatalistas, ni por los abstemios, ni por los góticos, ni por los jugadores de ajedrez, ni por los therians. No creo los therians merezcan un buen correctivo, ni ir a la mili, ni una “hostia a tiempo”.

La cosa se ha desmadrado tanto que las reducidas reuniones therians se convirtieron en multitudinarias congregaciones de curiosos, algunas tan difíciles de manejar como la de Barcelona, donde, de unas 3.000 personas, solo una decena eran therians: muchos habían ido a descojonarse. En algunas ciudades solo hubo una o ninguna unidades de therian: los curiosos fueron a mirarse la cara los unos a los otros. Algunas convocatorias se cancelaron por amenazas de muerte o de sabotaje. La de Barcelona acabó, incomprensiblemente, con disturbios y cinco detenidos por desórdenes públicos, entre insultos a Pedro Sánchez. La realidad contemporánea es una mezcla lisérgica entre Black Mirror y El Mundo Today.

Son muy presuntuosos los críticos violentos de la cosa therian, tan orgullosos de su racionalidad y su humanidad: con la humanidad que le estamos dejando a los jóvenes —que presencia genocidios sin pestañear, que destruye cualquier vínculo comunitario, que se rebela contra cualquier intento emancipador, una humanidad a la que cada vez le queda menos rastro de humanidad— es perfectamente comprensible que haya chavales que prefieran ser un cocodrilo o un halcón. Fíjense, otros se hacen nazis.



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