Espaa: un viaje en tren con final en Adamuz
No existe ninguna imagen ms fiel de la muerte que una de esas vas infinitas de ferrocarril, oxidadas y abandonadas, sobre las que se proyecta, como en sfumato, un horizonte al que no le vemos el final. Porque no lo tiene. La muerte rara vez es un destino. La muerte es quedarse a mitad del camino hacia algn lugar. Nada la evoca mejor que los senderos de hierro que conducen a los trenes regulares a sus destinos, vertebrando el pas y haciendo que su sangre palpite hasta que, sea por el tiempo o por la desidia, o por ambas cosas, un da se convierten en arqueologa y en nostalgia. Las metforas, a veces, se dan la vuelta sobre s mismas, como si el tiempo cuando avanza estuviera retrocediendo sobre sus pasos. Viajando hacia su semilla.
En 1992, cuando Espaa crea haber conjurado los fantasmas de su historia y alcanzaba el viejo sueo de Ortega y Gasset -Europa es la solucin-, accediendo a una modernidad que dos dcadas antes hubiera sido quimrica, la alta velocidad se entendi -y se sinti- como la prueba irrefutable de un cambio social sin vuelta atrs. El AVE era un avin terrestre que volaba sin despegarse de la tierra, suspendido sobre unas vas prodigiosas. Era un tren cmodo, fiable, eficaz y silencioso, una absoluta anomala en un pas tan ruidoso como el nuestro, que durante el siglo y medio precedente haba viajado siempre en trenes prehistricos, de ancho diferente al europeo, vetustos vagones de madera y locomotoras bufantes.
Nadie hubiera imaginado que la red de alta velocidad, que entonces se limitaba a la hurfana lnea Madrid-Sevilla, inaugurada das antes de que la Exposicin Universal, con Juan Carlos I reinando todava sobre la corte de Camelot y la socialdemocracia en la Moncloa, iba a convertirse en el mapa donde tendramos que llorar -sin consuelo- a nuestros difuntos. No existe dolor sin precedente. La maana de los atentados de Atocha (11M) quizs empezamos a entreverlo: la muerte, a la que Csar Gonzlez Ruano identificaba por su blancura, poda adoptar la mscara de una va o un tren sin destino, como los dos que este domingo surcaban los caminos minerales de Crdoba, uniendo Huelva, Mlaga y Madrid, antes de que el Guadalquivir, el ro que explica a Andaluca, se convierta en ese valle frtil donde, como escribi Chaves Nogales, la muerte siempre es un asesinato.
Los muertos de los trenes de Adamuz, y los heridos, que tendrn que vivir ya para siempre con la cicatriz de sentir durante veinte segundos el fuego del fin de la historia, nos devuelven a un tiempo y a un espacio que dbamos por superados. Las grandes desgracias ferroviarias sucedan siempre en otros lugares. Muy lejos. En Asia o en frica, donde las locomotoras eran las bestias del subdesarrollo y las mquinas del desconsuelo. Ahora sabemos que no. De un tiempo a esta parte los trenes que unen a las grandes urbes de Espaa -las lneas provinciales y comarcales de Renfe fueron abandonadas- son sinnimo de peligro, negligencia, ineficacia, retrasos y, ahora, de tragedias. Adamuz, como el viaje que llev a Dante al Infierno, es la estacin trmino de un trayecto simblico que nos conduce desde esa Espaa de comienzos de los aos noventa -cuando todo an pareca posible- hasta hoy, cuando lloramos a las vctimas cuya vida ha sido mutilada y nos conmueven los cadveres que, en esta nueva noche oscura, yacen dentro de los vagones desventrados.
* Carlos Mrmol es escritor y periodista

