En Madrid ya no se viaja al centro para trabajar: ahora es de la periferia a la periferia y se pueden tardar hasta 500 horas al año | Noticias de Madrid
Esta mañana, como cada mañana, Ángel Ruiz se despertó a las seis y descorrió la cortina. No llovía. “Si llueve, el caos en la carretera se vuelve absolutamente impredecible”, reconoce. Ruiz, de 31 años, vive en el Ensanche Sur de Alcorcón y trabaja en Las Tablas, perteneciente al distrito de Fuencarral-El Pardo, el quinto enclave con más trabajadores (146.358) de la Comunidad de Madrid. Físicamente, son 40 kilómetros de distancia. Avanzará lento, muy lento, hasta su oficina: el 60% del tiempo a una media de 20 kilómetros por hora, eso significará más de una hora y media. Dos horas si llueve. “Quizá me empadrone en el atasco”, ironiza. Ruiz es una más de las miles de víctimas de un cambio en el mapa laboral de la capital: ya no se circula tanto de la periferia al centro, el Madrid financiero se desplazó a la periferia norte. Miles de trabajadores circulan de la periferia a la periferia, pero el mapa de carreteras y de servicios públicos no se ha adaptado a ese cambio.
Ángel Ruiz no está solo. Antes de las siete de la mañana los coches encaran todavía de noche las vías de servicio de la M-50, casi todos en dirección al norte de Madrid. Se calcula que cada día 1,2 millones de personas se desplazan desde fuera de Madrid para trabajar en la ciudad. En el año 2016 eran 790.000. De acuerdo con los datos de la aplicación Tom Tom la congestión de coches en Madrid aumentó un 3,6% en el año 2025 respecto a 2024. Desde la DGT aseguran que la mayor saturación se produce entre las siete y las ocho y media de la mañana, en la salida de municipios obreros como en la A-5 a la altura de Alcorcón, la A-42 a su paso por Parla o Getafe, o la M-607 a su paso por Colmenar Viejo y Tres Cantos; así como en la entrada de los distritos financieros de las zonas ricas del norte como los de la A-1 en Alcobendas y las Tablas o la M-40 en Pozuelo de Alarcón. Atascos en el sur de salida, atascos en el norte de entrada.
En Colmenar Viejo, la desesperación habitual de los vecinos se ha multiplicado por las obras de la M-607. Trayectos de 10 kilómetros que se traducen en una hora y media al volante. Como resultado, una canción compuesta por la inteligencia artificial no deja de sonar en el interior de los vehículos por las mañanas. “Oh la M-607, carretera del dolor. Entras siendo joven y sales siendo abuelo y con bastón. Google Maps me dice ‘hora estimada: Oración’. Salí hace tres horas, aún veo mi portal. Esto no es un atasco, es un bucle temporal”

“El gran conflicto se produjo en el momento en el que los madrileños se marcharon a vivir a la periferia y, al mismo tiempo, las empresas desplazaron los centros económicos del centro al norte de Madrid donde el suelo era más barato y el transporte público mucho más deficitario”, explica Samir Awad, doctor ingeniero de Caminos.
La población en la llamada “corona metropolitana” —conjunto de municipios satélite que se sitúan alrededor de Madrid a una distancia de menos de 20 kilómetros— no ha hecho más que crecer en las últimas décadas. “Este éxodo de personas que se marchan de Madrid lleva mucho tiempo produciéndose. Lo que sucede es que ahora se ha intensificado por la crisis de la vivienda y las carreteras colapsan. A diferencia de momentos anteriores, ahora no se está haciendo para acceder a una casa mejor sino para acceder simplemente a una casa. Cambia mucho la película porque no hay capacidad de decisión. Están siendo expulsados”, manifiesta Awad. “Antes, a cambio de tener un piso más nuevo o más grande, se hacía una cesión de tu propio tiempo. Ahora cedes tu tiempo igual pero sin prosperar”, añade el doctor.
Es el caso de Ruiz y de su pareja. Ambos nacieron en Alcorcón y ahí han decidido dar el primer paso a la hora de independizarse juntos. “Claro que he pensado buscar algo más cerca del trabajo, por las Tablas, y ahorrarme esto. Pero se da todo en contra. Los precios son imposibles porque precisamente todo allí se ha revalorizado mucho más por la presencia de estos centros financieros. Lo dramático es que ni siquiera en Alcorcón o Móstoles veo factible comprar una casa. Vamos tirando de alquiler, pero si queremos comprar, tendría que ser aún más allá, tipo Arroyomolinos o Navalcarnero”, analiza el joven.
—Pero eso implicaría tardar aún más al trabajo.
—Exacto—, dice, encogiéndose de hombros, en el kilómetro 40 de la M-40, cuando el GPS se actualiza y añade media hora más al trayecto.

Madrid, con 22 distritos financieros, comenzó a deslocalizar algunos de ellos desde el centro de la ciudad a principios de siglo para que buena parte de la actividad económica se asentase en el norte de la ciudad. “Fue una estrategia de reducción de costes en busca de suelo más barato y que intentaba anticiparse a las diferentes operaciones urbanísticas que se han desarrollado en la ciudad y que han dado lugar a barrios como Sanchinarro, Las Tablas, Valdebebas o Montecarmelo. Centros financieros que se han creado en lugares más baratos para las empresas, pero más caros para sus empleados. Los ahorros de esta deslocalización se transfieren a los trabajadores, los más pobres, que pagan con su tiempo”, cuenta Awad. “Cuando tú tienes el dinero para ubicarte y vivir donde más te conviene, tienes una ventaja competitiva respecto al resto. Ahí está la desigualdad. Los que más complicado lo tienen son los trabajadores que se mueven de periferia a periferia. La red de transporte no está preparada para dar un servicio de calidad entre periferias”, señala el experto.
Los datos del Atlas de la Movilidad Residencia-Trabajo de la Comunidad de Madrid corroboran las palabras de Awad. Las zonas ricas de la región albergan el mayor número de trabajadores. La lista, que distingue por distritos de Madrid capital, municipios y localidades, está encabezada por Tetuán, Salamanca, Chamartín y Chamberí, seguidos de Fuencarral El Pardo, donde se encuentra las Tablas y, a su vez, está el afamado Distrito Telefónica —una “ciudad” de 22 hectáreas de oficinas— con más de 12.000 trabajadores.
Si Ángel Ruiz no pudiera teletrabajar —lo hace dos días a la semana— acumularía unas 12 horas y media semanales y un total de 50 al mes. Cada año pasaría sentado en su coche yendo y viniendo del trabajo alrededor de 500 horas, casi un mes completo. El teletrabajo le supone un ahorro de casi 200 horas. Un estudio de la Universidad de Glasgow investigó sobre el impacto que tiene para la salud el medio de transporte que elegimos para ir al trabajo. Los peatones y ciclistas mostraron —frente a los que van en coche o transporte público— un menor riesgo de mortalidad y hospitalización, así como de sufrir enfermedades cardiovasculares o cáncer, e incluso de que se les recetaran medicamentos para problemas de salud mental.

A pesar de que para Ruiz el transporte público es una opción que le llevaría desde la estación de Puerta del Sur en Alcorcón hasta las Tablas atravesando toda la Línea 10, hace tiempo que la descartó. “No es fiable. Para llegar al metro necesito un autobús que tiene muy poca frecuencia. Si me fallara 10 minutos ya no lo remonto. La opción de conducir hasta la parada la descarté cuando vi que me tiraba 20 minutos buscando aparcamiento. Sinceramente, he asumido este gasto de coche para poder tener algo de tiempo por la tarde y, sobre todo, porque dependo de mí”, asegura. “Yo sueño con que pongan una lanzadera, desde Príncipe Pío por ejemplo, donde nos montemos todos los trabajadores. Menuda pasada”, agrega.

