A vueltas con Juan Carlos I


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Las monarquas revelan lo que la poltica convencional trata de ocultar: que el temperamento lo marca todo. Un monarca constitucional carece de poder ejecutivo, pero tiene la delicada misin de encarnar al Estado durante dcadas. Y esa continuidad confiere al estilo personal -discrecin o imprudencia, moderacin o expansividad- una gravedad simblica que supera la autoridad formal. Mientras otras instituciones rotan personalidades a travs de gobiernos y partidos, la monarqua se ata a una sola biografa durante una generacin. Cada reinado es una apuesta entre el temperamento y las circunstancias.

El temperamento que permiti a Juan Carlos traicionar a Franco era idneo para desmantelar un rgimen, pero quiz inadecuado para habitar un orden constitucional consolidado. Un cnico podra decir que los reyes son instrumentos histricos, no ejemplos morales. Pero en democracia, ningn servicio prestado te compra la impunidad. Juan Carlos fue un agente necesario, pero la necesidad, diga lo que diga Pedro Snchez, no arrastra la virtud.

Vuelvo a dar vueltas a estos asuntos cada vez que retomamos la conversacin sobre el posible regreso del rey emrito a Espaa. Unos dicen que tiene derecho a volver por lo que le debemos como sociedad. Otros que no, por lo que l nos debe. Reconocer que ambos tienen algo de razn no es abogar por la decisin salomnica de soltarlo en el Mar Negro, sino asumir la complejidad de un asunto donde se mezclan lo poltico y lo humano, la justicia del reconocimiento y la exigencia de ejemplaridad. No es fcil para un pas metabolizar a un hombre que fue histricamente necesario pero personalmente imprudente. Quiz esta sea una nueva prueba de la madurez psicolgica de nuestra democracia.

Juan Carlos quiere volver. Y leo en este diario que Casa Real no se niega pero pone condiciones: Para salvaguardar su imagen de posibles crticas y especulaciones, y la de la Corona como institucin, Don Juan Carlos debera recuperar la residencia fiscal en Espaa. Parece una exigencia razonable. La extrema derecha, que reprocha a Felipe VI su supuesta pasividad, aprovecha las tensiones poco menos que para acusar al hijo de maltrato. Es una estrategia ruin. Porque no hay crueldad en la exigencia de cumplir las normas. Es, de hecho, su nica va a la redencin.

Juan Carlos ha de asumir que para muchos espaoles no es insignia de sacrificio y democratizacin sino del privilegio y el escndalo. Desde el punto de vista legal, Juan Carlos ha regularizado su situacin fiscal y no tiene cargos pendientes. En un Estado de derecho, esto es importante. El ostracismo no puede sustituir a la sancin judicial. Al mismo tiempo, su regreso no puede implicar una restauracin moral automtica o un tratamiento palaciego. Y Juan Carlos debera ser el primero en comprenderlo: no se puede reclamar el honor de fundar una democracia mientras se resiste a cumplir con las obligaciones ordinarias que esta impone. La insistencia de la Casa Real en la transparencia fiscal y la ausencia de privilegios no es hostilidad, sino coherencia.

Hay tiempos que necesitan ruptura y tiempos que necesitan contencin. Juan Carlos fue el temperamento de la ruptura; Felipe encarna el de la contencin.





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