Un pájaro en el metro | Noticias de Madrid



Entonces entró un pájaro marrón con tonos grises, el pico pequeño, algo regordito y especialmente despeluchado. Desplumado. Volaba de forma aleatoria, con las patas pegadas al pecho y los ojos a medio abrir. Si es que un pájaro puede dejar los ojos a medio abrir. Parecía un agente inmobiliario. Si fuese un humano, llevaría zapatos de cordón. No se podía saber de dónde venía porque tampoco trajo consigo ningún olor particular. Se subió en Méndez Álvaro, dejándose llevar por la corriente de las cabezas y la energía de la rutina de los que van al trabajo. Revoloteó por el techo del cuarto vagón de la línea 6 como si supiera cuál era la mejor salida para hacer el transbordo.

Parecía consciente del movimiento dentro del movimiento porque, antes de llegar a la siguiente parada, se posó en el borde de ese asiento extraño que no es asiento porque es para estar de pie y sólo se adapta al culo de los que tienen la altura correcta. ¿Qué altura es la correcta? ¿será la altura del español medio: ¿176 cm para los hombres, 162 cm para las mujeres? Debería medirlo un día y colocar un cartel: “sólo apto para culos que estén a 90 cm del suelo”.

Llegando a Legazpi, el pájaro volvió a volar y, después de tropezar en el aire, acabó posado en el regazo de una adolescente que ni levantó la cabeza porque estaba demasiado ensimismada en su teléfono móvil y la persona que estaba sentada al lado, tampoco miró al pájaro porque también estaba ensimismada en su propio teléfono móvil mirando, qué sé yo, reels de otros pájaros. Pájaros digitales. Pájaros que igual no son pájaros, pero parecen pájaros. Se escuchaba el ruido frenético de los vídeos de Instagram pasando rápido como coches en la carretera, frases y músicas que se cortaban repentinamente: “sabías que si mezclas yogur con lim-el gobierno de Irán confirma la muerte del aya-cinco cosas que deberías saber antes de ir al-feminismo quiere acabar con los hombr-the angels up in the clouds are jealous, knowin’ we found somethin’ so out of the ordinary”. Y entró un hombre que vendía chupachuses y esa mujer que lleva rastas grises y se tira al suelo, desesperada, y el de la flauta andina y el que hace rimas improvisando y el que tiene mucha labia y a veces trae abanicos y todo el mundo ignoraba todo esto que estaba pasando, que pasa cada mañana, cada tarde, cada vez que una va o sale del trabajo. Cada día, cada semana, todos los días, todas las semanas.

El pájaro vio cobijo en un hombre con las manos blancas de pintura o yeso que vive más allá de Usera ―porque los hombres, con las manos blancas de pintura o de yeso, viven más allá de Usera― y se acurrucó e hizo nido en esa cama tan extraña y ajena, porque los animales nos hemos acostumbrado a encontrar la paz y el confort hasta en los entornos más ásperos. Rutina, lo llaman. El pájaro se quedó allí, entre los dedos de aquel hombre, a echarse una cabezadita.

Madrid es más el metro que lo que sucede fuera. El subterráneo provoca resquicios obligatorios de tiempo donde los ciudadanos aprovechan para dormir, para resolver ese problema con Hacienda, esa llamada que nunca hicieron, ese libro, ese mensaje, esa noticia que dejaron sin leer, esa vida pendiente. Nadie está en el metro cuando está en el metro. Pero allí se concentra todo lo raro, lo hostil, lo normal, lo extraordinario, lo precario, los flecos que una solo cierra si va o vuelve del trabajo. Aquellos que se mueven por la superficie, responsables de su propio movimiento, no terminarán nunca de entender lo que es Madrid sin Madrid.

El año pasado cerró el kiosko más cercano al periódico, el que está al lado de la boca de Suanzes y que ahora se encuentra ligeramente movido de su pedestal de hormigón. Me pregunto cuánta gente que trabaja en el periódico no sabrá nunca que cerró el kiosko más cercano al periódico porque no viaja en el metro. Me pregunto hacia dónde iba aquel pájaro marrón, si era su rutina hacia el trabajo, si volvía a casa con sus crías, si entró para ir a dar una vuelta por el Retiro pero fue en dirección contraria. Si le sudaba el sobaco derecho, si llevaba monedas sueltas, si se hacía pis, si tenía otra opción de vida. Si aquel pájaro era, en realidad, una mujer algo despeluchada y con mucho sueño en los ojos, un martes cualquiera.



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