¿Cómo Pedro Sánchez pretende perdurar?
Sin el Clan del Peugeot ya a su lado, del que trata de alejarse levantando cortafuegos que le salven de la hoguera de las corrupciones socialistas, Pedro Sánchez tiene en el presidente de la Generalitat, Salvador Illa, a su principal aliado y confidente. Una relación de amistad construida durante los años de la pandemia, y cuyo origen está en el presidente de Telefónica, Marc Murtra, quien en su etapa de asesor de Joan Clos en el Ministerio de Industria conoció a Sánchez -por aquel entonces, un joven y ambicioso concejal en el Ayuntamiento de Madrid-, congeniaron rápido y fue introduciéndolo poco a poco a sus colegas del PSC. Entre ellos, claro, estaba Illa.
Para entender a Sánchez resulta muy útil tener presente esa amistad y escuchar las reflexiones de Illa, porque son la esencia de cómo late y maquina el sanchismo. El president lleva tiempo repitiendo que el Gobierno agotará la legislatura y que la «coalición progresista» puede volver a alcanzar la mayoría absoluta.
La lectura que hace Illa -y Moncloa- de los resultados de Extremadura y Aragón avala esa tesis: el PP está estancado en los números de las anteriores generales, no sube, incluso baja un poco; mientras que el votante socialista se queda en casa. Por lo tanto, si el PSOE logra movilizar al electorado progresista «habrá partido» y se puede repetir el mapa electoral de 2023.
El que fuera gurú de Sánchez, Iván Redondo, insistía en la misma idea el lunes en su tribuna en La Vanguardia: tras los comicios de Andalucía vendrá un largo año de «apagón» electoral y en 2027 se celebrarán unas presidenciales a doble vuelta: las municipales y autonómicas, primero, y las generales como escrutinio final.
A pesar de estar asediado por los casos de corrupción político-familiar, y de una situación económica cada vez más deteriorada para las clases medias y trabajadoras, Sánchez tendría todavía tiempo para reconectar con el votante progre apelando a su lado más sentimental. De ahí que las últimas iniciativas del Gobierno tengan una fuerte carga simbólica: la regularización de inmigrantes, aparentar que Sánchez es un gran adversario de Trump y de las empresas tecnológicas, y apartarse del consenso europeo de rearme defendiendo una tercera vía teóricamente «pacifista».
La efectividad o falsedad de estas medidas poco importan. Sánchez se está construyendo un nuevo perfil político a medio o largo plazo, más vinculado al espíritu y las pugnas políticas internacionales que a su corrupta realidad española, para erigirse como una suerte de Zohran Mamdani europeo. Un icono de la izquierda alternativa para «volver a ganar» las generales, dicen los suyos, pero también para preparar su posible regreso a Moncloa al más puro estilo Trump. Es decir, tras aguardar su momento durante unos años liderando al PSOE en la oposición y haciendo caso omiso a todas las crónicas de su muerte anunciada.
La decisión de enviar a Pilar Alegría a Aragón, a María Jesús Montero a Andalucía y a Diana Morant a Valencia así lo indica: no las sacrificó electoralmente, sino que busca garantizarse con ellas el control territorial del partido pensando, justamente, en el día después de las generales y en su intención (necesidad) de perdurar.


