Una Corona alumbrada por la Constitucin: Don Juan no logr el Trono, su hijo Juan Carlos asumi su proyecto y su nieto Felipe lo defiende
Al todava Prncipe de Espaa -no pudo ostentar nunca el ttulo de Prncipe de Asturias-, le martille durante semanas una admonicin repetida por sus ms estrechos colaboradores -pocos, podan contarse con los dedos de la mano-: «Todo depender de vuestro primer discurso».
Resulta creble lo que se cuenta de que Juan Carlos de Borbn, en la madrugada del 20 de noviembre de 1975, tras la llamada intempestiva del doctor Vicente Pozuelo para comunicarle que Franco haba muerto, ya sin poder pegar ojo volvi a repasar el texto «del que dependa todo».
Quien en ese momento, a las tres de la madrugada, antes de la hora oficial a la que se registr el deceso del dictador, ya era rey de Espaa de hecho, no fue avisado por el presidente del Gobierno, a quien Don Juan Carlos y Doa Sofa veran horas despus por televisin, como el resto de los espaoles, anunciar que «Franco ha muerto». El desdn de Arias Navarro, as como que Zarzuela apenas fuera tenida en cuenta en los preparativos del funeral de Estado y de la proclamacin, lo dicen todo sobre la glida acogida del bnker -los franquistas pata negra- a quien se colocaba al frente de la nacin en calidad de Rey, 44 aos despus de la marcha hacia el exilio del ltimo Borbn que haba ocupado el Trono, su abuelo Alfonso XIII.
Sobre el papel, Don Juan Carlos reciba de golpe todos los poderes que haba ostentado el Caudillo. La realidad era mucho ms cruda y compleja. Como l mismo relat a Jos Luis de Vilallonga, mientras aguardaba acontecimientos en aquellas horas crticas junto a su inseparable preceptor, Torcuato Fernndez-Miranda, asuma con resignacin que «lo mismo podemos ver a gente que viene a ofrecerme la corona sobre un cojn, que a la Guardia Civil con orden de arrestarme».
El discurso del que «dependa todo» lo pronunci el 22 de noviembre, ante un Palacio de las Cortes con 1.300 invitados, de ellos 533 sombros procuradores. Con palabras medidas a modo de orfebre, Don Juan Carlos, proclamado Rey en aquel acto, esboz las lneas maestras de lo que ya se antojaba un plan para el desmontaje del franquismo, hilvanadas para mantener embridados a los ms duros del rgimen, pero suficientemente claro como para que resultara esperanzador a la sociedad. Y lo fue. Orle decir que la Corona «integra a todos los espaoles», que abogaba por el «efectivo ejercicio de todas sus libertades» y que reconoca «las peculiaridades regionales como expresin de la diversidad de pueblos», en un guio a vascos y catalanes, fue, con Franco an sin enterrar, casi revolucionario.
Motor decisivo hacia la democracia
Que Don Juan Carlos fue un motor decisivo en la sinuosa Transicin hacia la democracia y la consecucin de las libertades plenas slo puede cuestionarse hoy desde un revisionismo cegado de sectarismo y nada respetuoso con la Historia. La realidad de aquellos aos, tan desmenuzada por los doctores en la materia, no la puede desvirtuar ni siquiera su protagonista con el ejercicio de desmemoria que representa su libro. «De la ley a la ley» se fueron desarmando, una tras otra, todas las piezas del franquismo. Y, por ms que, en sentido estricto, Juan Carlos I encabezara entre noviembre de 1975 y diciembre de 1978 una Monarqua absoluta, lo cierto es que su margen de maniobra siempre fue limitado y cada uno de sus pasos constitua una mezcla de audacia y de prueba y error, que requera el acompaamiento de muchas voluntades, pero siempre en una direccin que Don Juan Carlos expres ya s sin ambages en su histrico viaje a Estados Unidos en junio de 1976 cuando reclam confianza para «llevar a Espaa a la democracia».
Fue la primera vez que expres la palabra tab. En slo unos meses, el edificio del viejo rgimen vea modificado parte de su revestimiento. Pero con exasperante lentitud para casi todos. El Rey se sinti obligado a pisar el acelerador, ante el temor de que el objetivo final, que no era otro que abrazar una democracia liberal homologable a cualquiera de las de nuestro entorno, pudiera descarrilar. El tiempo de Arias Navarro, un freno incompatible, haba acabado. Y el equipo de Zarzuela y sus ms estrechos colaboradores maniobraron con habilidad, no sin obstculos y riesgos permanentes. La dimisin llegara en julio del 76 y le sucedera Surez tras una jugada de trileros a la postre maestra. Eso ya es otra historia.
En el momento de su proclamacin aquella maana del 22 de noviembre de 1975 antes mencionada, Juan Carlos I slo contaba con la legitimidad de la legalidad franquista. Tuvo que esforzarse -y lo hizo- en ganarse la legitimidad de ejercicio y la legitimidad popular, tan importantes para una institucin como la Corona. Aunque en una Espaa de nuevo monrquica, pero sin monrquicos como era aqulla -antes al contrario, no despertaba Juanito el Breve, como se le apod, simpatas en casi ningn flanco, ni resultaba sencillo enfrentar dcadas de feroz propaganda antimonrquica auspiciada por el propio rgimen-, la legitimidad histrica y dinstica slo importaba en sectores muy reducidos, como es lgico para el nuevo Rey resultaba indigerible la anomala que supona la cohabitacin no resuelta en la titularidad de la dinasta.
Don Juan de Borbn y Battenberg fue el tercer hijo varn del ltimo rey antes de la llegada de la II Repblica, Alfonso XIII. No naci predestinado a ocupar el Trono. Pero las renuncias de sus dos hermanos mayores le convirtieron en heredero de derecho. Y, a la muerte en 1941 de su padre, en jefe de la Casa.
La proclamacin del Manifiesto de Lausana, en 1945, conden a Don Juan a perder para siempre el Trono. Fue aqul un claro compromiso de asociar la Monarqua tradicional con un paraguas «para todos los espaoles» y con las libertades. Cmo se parece la msica y la letra de aquel Manifiesto con el primer discurso de Don Juan Carlos del 75. Lo que Don Juan prometa era una Monarqua parlamentaria, en un rgimen democrtico y liberal a imagen y semejanza de todas las Monarquas que sobreviviran en Europa al tsunami republicano del siglo XX. Naturalmente, todo incompatible con quien detentaba todo el poder en Espaa, Francisco Franco, y con el franquismo, que le convirtieron en bestia negra.
La Espaa constituida en Reino con la Ley de Sucesin en la Jefatura del Estado, en 1947, ni qu decir tiene que no contemplaba a Don Juan. Y si en lo humano es comprensible que ste se doliera de la traicin que supuso la aceptacin de Don Juan Carlos como sucesor de Franco, en 1969, lo que convirti al dictador en «un hacedor de reyes», en expresin del constitucionalista Javier Tajadura, no es menos cierto que ningn sentido habra tenido el esfuerzo familiar de enviar al Prncipe a Espaa con 10 aos si ste hubiese rechazado la nica oportunidad que se le presentaba a la dinasta de recuperar algn da el Trono.
A la postre, Don Juan lo comprendi. Y mostr grandeza histrica y responsabilidad de Estado con la renuncia a sus derechos dinsticos, en mayo de 1977, una vez convocadas las primeras elecciones democrticas, gesto que, si bien careca de todo efecto jurdico-institucional, s tena peso simblico y allanaba el camino a su hijo.
Un monarca sin poderes efectivos
Pero, siendo notable la ejecutoria de Don Juan Carlos en aquellos aos de la Transicin, ms destacable es si cabe el hito que supuso que, por primera vez en nuestra Historia, l encarnara a partir de 1978 una Monarqua parlamentaria y constitucional, en la que como Jefe de Estado se vea despojado de todos los poderes efectivos. El sistema culminaba su transmutacin a una democracia completa, con el pueblo espaol como nico receptor de la soberana nacional. No slo quedaba atrs una larga dictadura. Tambin era ya un lejano pasado la Monarqua en la que su titular era soberano, en solitario o junto a las Cortes, como haba sucedido durante la Restauracin. Se instauraba, pues, una Corona ex novo.
A aquellas alturas, Juan Carlos I se haba ganado ser percibido, en palabras de Jos Mara de Areilza, «como la clave del arco de la operacin que se iba definiendo en el horizonte; afianzado como definitiva referencia arbitral y suprema en cuya persona se anudaban las diversas posibilidades que se ofrecan para lograr un consenso lo ms amplio posible que hiciera viable el entendimiento constitucional».
No fue la forma poltica del Estado asunto que ocupara demasiado al constituyente. El Grupo Parlamentario Socialista present inicialmente su enmienda al Ttulo II con el fin de que Espaa se definiera como Repblica. Pero basta ir a los diarios de sesiones de las Cortes para constatar que aquello apenas fue una escenificacin. Desde UCD se defendi que la Monarqua «ha sido el motor que ha permitido la pacfica instauracin de la democracia». Y el PSOE garantiz enseguida su aceptacin si el pueblo espaol la respaldaba con la aprobacin de la Constitucin, como as ocurri en 1978. El monarca se converta en lo que Benjamn Constant defini como un poder neutro.
Desde ese momento, la legitimidad de cualquier Rey, empezando por el propio Juan Carlos I hasta su abdicacin en 2014, es constitucional y democrtica. El hoy monarca, Felipe VI, es el eslabn de una dinasta secular, s, pero su legitimidad es legal-racional, a lo que une su esfuerzo para cultivar la tradicional y carismtica -sta fruto del mrito en el desempeo, en el ejercicio, en el plebiscito diario que deca Renan-, siguiendo la terminologa clsica de Weber.
No puede extraar as la firmeza y casi obsesin de Don Felipe para guardar y hacer guardar la Constitucin, como est obligado, sino tambin la constante ligazn de su reinado con el espritu de la Transicin del que eman esa «Monarqua para todos» plenamente vigente, y con la que ya estuvieron comprometidos su abuelo y su padre.
Encarna el Rey la ms alta magistratura del Estado, despliega todo el carcter simblico de la unidad y ejerce las funciones de representacin, integracin y arbitraje recogidas en el Ttulo II de la Constitucin. Pero, adems, bajo el reinado de Felipe VI la Monarqua parlamentaria hace de la necesidad virtud, comprometida con los ms altos estndares de ejemplaridad, preocupada, a la vista est, por dignificar la vida pblica.

